Lloras angustiada, buscando algo que te ate a la vida. Que te diga que todavía vale la pena seguir, que llene ese negro abismo, o que por lo menos te lo ilumine para mostrarte la forma de continuar.
Pero te obcecas. Quieres que sea esa persona justamente, la que se está tapando los oídos la que lo haga. Y lo intentas, y lo intentas, y lo intentas. Una y otra vez. Pero no funciona y te hunde todavía más.
Así es, sí, el mal de amores. Como yo ya lo hice, a Afrika le ha tocado pasarlo ahora. ¿Desgracia? Para nada, es parte de la vida. Los golpes te harán más fuerte, no lo olvides nunca nena.
Y entonces ocurre. Cuando comprendes que tienes que pasar por esto, que pase lo que pase vas a seguir siendo tú, con tu sonrisa, con tus locuras, con tus ideas de colores... es cuando por fin, puedes seguir adelante.
Vuelves a gritar y estiras la mano. Sorpresa, alguien te la agarra. Con firmeza, y te susurra que no te va a soltar, que llenará el vacío y el abismo. Que no dejará que te hundas y que volaréis bien alto. Es la amistad.
Un amigo, una amiga. Y de repente, ya esa persona que se tapa los oídos no parece tener ya tanta importancia. Así, con el tiempo, con lloros y risas y alguna pequeña ayudita, el abismo desaparecerá lleno de ti, de tu alegría y de tus ganas de vivir.
Afrika, cuando estés preparada, extiende la mano, no dudes de que te agarraré.

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