Soul of music.
astrid.rhys.jones@hotmail.com
domingo, 26 de febrero de 2012
jueves, 23 de febrero de 2012
Sueños.
En el momento en que más fiebre tengo decido ponerme a escribir. Estoy enferma -para variar- pero increíblemente tengo unas ganas terribles de hacer cosas. Los próximos dos días voy a tener bastante curro -sí majos, el sábado también- y lo ansío, sinceramente. Espero esta noche mejorar lo suficiente.
He tenido manta sueños raros esta noche, pero un montón. Mezclaba muchas cosas, demasiadas. Ya los interpretaré cuando mejore. Ahora a la cama.
He tenido manta sueños raros esta noche, pero un montón. Mezclaba muchas cosas, demasiadas. Ya los interpretaré cuando mejore. Ahora a la cama.
domingo, 5 de febrero de 2012
C´est fini.
Lloro. Lloro y dejo que salga en forma de sollozos todo lo acumulado estos días. Me encojo en el suelo y me balanceo. No tengo fuerzas, no me quedan. La vida me come y el tiempo me mata. Y yo no gano ni una sola batalla. Pero y es que ¿quién me dijo que fuera a ganar alguna? Al fin y al cabo, eso solo ocurre en los cuentos de princesas; y yo no soy una.
Me asqueo a mí misma. No quiero verme. No quiero sentirme. Quiero desaparecer. Es así.
Me asqueo a mí misma. No quiero verme. No quiero sentirme. Quiero desaparecer. Es así.
Bucay
No sé por dónde empezar. Un “qué tal estás” estaría bien, muy bien, verdad? Así que quizás sea por ahí por donde debería empezar. Y dirás, ahora? Y por intermediarios? Sí, lo sé, es de cobardes o de despreocupados. Pero no puedo Bucay, estoy cayendo. Sí, a ese torbellino de locura por el que sabes que hago equilibrios. Ha sido una semana horrible, en casa demasiado dolor al que hacerle frente, y no podía hacerle frente también al tuyo. Me he derrumbado. Vuelvo a hábitos horribles pequeño. Voy dando tumbos sin rumbo, desquiciada. Mirándome sin ver, y odiándome un poquito más a cada momento. La mitad de la semana la he pasado enferma de la mente, y la otra mitad drogada para controlar mi parte enferma. Ni con esas.
Lo siento. Lo siento de verdad, no sabes cuánto. No sabes cuánto desearía haber podido estar ahí contigo, pero de verdad te digo, que no podía. En casa, en la calle... y no puedo hacerle frente a más dolor. No puedo. No puedo porque ya lloro, ya cometo excesos, y mi cuerpo no aguanta más emoción. Perdóname. Perdóname por favor, por no ser capaz ni de llamarte ahora. Te quiero, Astrid.
jueves, 26 de enero de 2012
Desde cero.
La anterior entrada, la que ahora mismo he publicado, lo escribí ya hace algo de tiempo. Ahora me siento bien como para publicarlo.
Me encuentro en un proceso de desarrollo interno, pero para eso he necesitado vaciarme antes. No deseo, no quiero, no temo, no sufro, no amo y no odio. No hay nada. Estoy vacía. Nada me atrae. Existen cero estímulos.
Pero hay que empezar desde ahí, desde la nada, desde cero.
Me encuentro en un proceso de desarrollo interno, pero para eso he necesitado vaciarme antes. No deseo, no quiero, no temo, no sufro, no amo y no odio. No hay nada. Estoy vacía. Nada me atrae. Existen cero estímulos.
Pero hay que empezar desde ahí, desde la nada, desde cero.
Rebuscando lo he encontrado. Similitudes con el presente.
Me desperté y en una fracción de segundo supe dónde estaba y con quién, incluso creí entender el por qué. Miré de reojo y lo vi a mi izquierda, dormido todavía. Suspiré aliviada, eso me daría un margen de maniobra.
Aún tumbada, mirando sin ver el techo blanco en la oscuridad, flexioné las rodillas hacia el pecho. Correcto. Con los brazos a los lados me atreví a mover ligeramente los dedos. Todo bien. Doblé los codos. Nada. Parecía haber sobrevivido, y sin daños.
Me incorporé con cuidado, intentando que no notara como el calor sobre su brazo derecho desaparecía. Solo al sacar las piernas de la cama noté el dolor, resoplé. Por la intensidad calculé que me saldría algún cardenal en la parte alta de los muslos, pero que el dolor al abrir y cerrar las piernas desaparecería en unos dos días. Qué más daba, no tenía ningunas ganas de meterme en la cama de nadie más en las semanas siguientes; ni en los próximos meses, la verdad. Pero tendría que vérmelos yo, y eso ya sería suficiente recordatorio. Prueba de mi debilidad, infamia e infinita estupidez.
Busqué la ropa por el suelo. No recordaba exactamente dónde me había arrancado cada cosa. Tanteando reuní todo y comencé a vestirme. Mientras me abrochaba el sujetador lo observé. Dormía, e incluso dormido me resultaba jodidamente sexy.
Terminé de vestirme, recuperé mis zapatos de detrás de la mesa, agarré mi bolso y garabateé una nota en mi libreta. La descarté. Volví a escribir otra. No me convencía. Al final simplemente escribí una excusa que nadie que realmente me conociera se hubiera creído, la dejé encima de su mesa y me fui.
Salí triste, no era eso lo que realmente quería; pero era lo que había que hacer, qué menos. Me fui a la cafetería más madrugadora de la zona y pedí un café solo para hacer tiempo hasta el primer metro de la mañana. Salí a tomármelo fuera, y mientras me fumaba un cigarro me replanteé todo. ¿Por qué me hacía esto a mí misma?
Los daños físicos eran leves, pero ¿y los psicológicos? Al pan pan, y al vino vino, chica; me dije, deja de escudarte en el alcohol, el deseo y esas mierdas. Porque la realidad es, que todo eso es transitorio pero pesa para siempre, y te estás desviando.
Apuré el café. Apuré el cigarrillo. Y corrí al metro. Se había acabado.
Aún tumbada, mirando sin ver el techo blanco en la oscuridad, flexioné las rodillas hacia el pecho. Correcto. Con los brazos a los lados me atreví a mover ligeramente los dedos. Todo bien. Doblé los codos. Nada. Parecía haber sobrevivido, y sin daños.
Me incorporé con cuidado, intentando que no notara como el calor sobre su brazo derecho desaparecía. Solo al sacar las piernas de la cama noté el dolor, resoplé. Por la intensidad calculé que me saldría algún cardenal en la parte alta de los muslos, pero que el dolor al abrir y cerrar las piernas desaparecería en unos dos días. Qué más daba, no tenía ningunas ganas de meterme en la cama de nadie más en las semanas siguientes; ni en los próximos meses, la verdad. Pero tendría que vérmelos yo, y eso ya sería suficiente recordatorio. Prueba de mi debilidad, infamia e infinita estupidez.
Busqué la ropa por el suelo. No recordaba exactamente dónde me había arrancado cada cosa. Tanteando reuní todo y comencé a vestirme. Mientras me abrochaba el sujetador lo observé. Dormía, e incluso dormido me resultaba jodidamente sexy.
Terminé de vestirme, recuperé mis zapatos de detrás de la mesa, agarré mi bolso y garabateé una nota en mi libreta. La descarté. Volví a escribir otra. No me convencía. Al final simplemente escribí una excusa que nadie que realmente me conociera se hubiera creído, la dejé encima de su mesa y me fui.
Salí triste, no era eso lo que realmente quería; pero era lo que había que hacer, qué menos. Me fui a la cafetería más madrugadora de la zona y pedí un café solo para hacer tiempo hasta el primer metro de la mañana. Salí a tomármelo fuera, y mientras me fumaba un cigarro me replanteé todo. ¿Por qué me hacía esto a mí misma?
Los daños físicos eran leves, pero ¿y los psicológicos? Al pan pan, y al vino vino, chica; me dije, deja de escudarte en el alcohol, el deseo y esas mierdas. Porque la realidad es, que todo eso es transitorio pero pesa para siempre, y te estás desviando.
Apuré el café. Apuré el cigarrillo. Y corrí al metro. Se había acabado.
lunes, 16 de enero de 2012
Stay focused.
Sinceramente, no entiendo nada. Pero la verdad es que no tengo tiempo material ahora mismo para intentar entenderlo. Estoy concentrada en mi objetivo, centrada al máximo, y es que eso es lo que más quiero ahora mismo. Y admitir eso, es un gran paso; porque supone que me quiero más a mi misma y a mi vida que cualquier otra cosa pasajera y temporal como pueden ser ciertas distracciones.
Lo siento, el trabajo. Disculpa el desvarío.
Lo siento, el trabajo. Disculpa el desvarío.
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Retazos de una vida pasada, pero no por ello menos válido.
Que no te engañen. No existen los cuentos de hadas, las princesas viven en cuentos de terror. Cuentos donde nadie dice lo que piensa, ni hace lo que desea; sino lo que se supone que tiene que decir y hacer. Allí, los vestidos y zapatos son incómodos, no dejan correr; ni vivir en realidad. Los príncipes no son tan buenos y no protegen, solo aprisionan y ahogan. Los dragones a su lado son una bendición, y es que por lo menos a esos puedes odiarlos. Porque el problema comienza cuando quien amas es quien te está matando por dentro.